Capítulo 5 – Calles oscuras

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Una vez en el centro se perfectamente a donde dirigirme. La densidad me rodea a cada paso que doy… pero es extraño. Como si me introdujese en un nuevo mundo, mis percepciones cambian al instante. Me resulta tan familiar que casi puedo sentir como fluyo con mi alrededor. La luz es débil pero cálida. Las calles pasan a convertirse en callejones. Solo las puertas traseras indican que aún existe algún tipo de actividad. Cajas almacenadas en cada una de ellas, basuras arrojadas, trabajos desconocidos y mucho menos valorados, pero necesarios para el contínuo disfrute de las masas ajenas a la realidad. Siento mis latidos reforzados sincrónicamente con cada paso que doy.

Un nuevo callejón da comienzo. Normalmente es aquí donde se encuentran. Cada una de ellas esperan a la entrada de cada casa. Se insinúan, te cortejan, te convencen. Ese es su trabajo. Es fácil caer ante ellas, pero es difícil decidir ante cual. Pero hoy es diferente. Todo está vacío. Las luces iluminan las puertas, pero no hay nadie esperando en ellas. Avanzo por la calle intentando encontrar lo que busco, no pienso irme con las manos vacías, aunque para ser sinceros algo si que se va a vaciar a base de bien. De repente, una puerta a mi izquierda se abre. Una mujer sale a mi encuentro. Apenas se deja ver.

– Cielo, acércate aquí – me reclama casi susurrando. La situación me resulta extraña. Esto no suele funcionar así y mucho menos con tanta discreción. Me paro ante ella, pero no me decido a ir a su encuentro.

– Vamos, que no te voy a morder. Solo quiero hablar contigo – No he venido aquí para hablar – le respondo.
– Mi amor, ya lo se.

Se que algo está pasando. Aún así me dirijo hacia ella. Un aluvión de posibilidades pasan por mi cabeza. Estoy cansado de todo, empiezo comprender que nada tiene sentido para mi. Este pensamiento realmente me impacta haciéndome ver lo insignificante de mi vida en estos momentos. Tantas quejas de lo que me rodea, tan seco por la vampiresca debacle hacia la que nos hemos dejado llevar. Mi vida se ha convertido en eso, una gris y aburrida rutina sin fin.

– ¿Tienes fuego? – me pregunta.

Saco el encendedor de mi chaqueta mientras me aproximo sin apartar la vista de sus ojos. Una vez a su lado, percibo el temblor de sus manos mientras enciende el cigarro. Su semblante es otro ahora. Toda esa fachada de insinuación y autosuficiencia queda atrás como si nunca hubiese existido.

Su piel pálida resalta el color rojizo de sus cabellos y el carmín de sus labios no es más que una carta de presentación de lo que te esperaría en la antecámara de los placeres. Introduce su pierna entre las mías. Mi sexo reposa placenteramente sobre su muslo. Noto el calor queriendo abrirse paso hacia el exterior. Siento como mis demonios aullan al unísono. Agarrándose a mi chaqueta termina de unir su cuerpo al mío. Perlas de sudor se deslizan sobre su pecho introduciéndose en la densa oscuridad de sus tejidos, mostrándome así lo ya sabido, el camino hacia el olvido, el camino hacia el vacío, el placer de de lo primario y verdaderamente real.

– Tienes que ayudarnos – Me susurra apresuradamente. El terror que subyace tras esta llamada de auxilio me saca por completo de mis divagaciones hedonistas y un sudor frío recorre toda mi espina dorsal. Mis sentidos quieren alarmarme a toda costa, pero lo único que puedo hacer es permanecer inamovible, a la espera.

Quieren a los niños – comienza a balbucear mientras su voz se quiebra. – No podemos… – Un golpe seco a su espalda la interrumpe. Se gira hacia el interior e intenta cerrar la puerta como si no hablase con nadie. Puedo escuchar una voz masculina, pero no entiendo nada de lo que dice.

– Solo he salido a fumar. – intenta justificarse mientras el miedo la delata en cada una de sus palabras.

Su reacción de pánico me hace entender que debo desaparecer de la puerta inmediatamente. Y eso es lo que hago. Dejo de lado mi bravuconería existencialista y huyo cual perro hacia las sombras de la calle. Una vez en la distancia observo como la puerta se cierra definitivamente y las luces se apagan en el interior. Ahora la calle no es más que un agujero negro ausente de sonido, denso y fétido, neutro y extremo a la vez, equilibrado en dejadez y desidia, perdido en el destino de la ilusión. No entiendo lo que pasa, no debería ni tan siquiera pensar en ello, pero se que es aquí donde debo de estar. Ojos extraños acechan mi sombra. Con la calma de quien sabe lo que debe de hacer, me retiro. Salgo de la calle desandando lo andado. Todo acontece a mi alrededor en cámara lenta, pero esto no es más que mis pensamientos clarificados a la velocidad de la luz dando en el clavo con cada una de las futuras acciones que debo tomar. Todo está en su sitio, el único problema es que no se que lugar ocupa en mi. Aún siendo fiel poseedor de la verdad, desconozco lo que pueda pasar.

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~ por nulogic01 en enero 27, 2013.

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