Capítulo 5 – Calles oscuras

•enero 27, 2013 • Dejar un comentario

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Una vez en el centro se perfectamente a donde dirigirme. La densidad me rodea a cada paso que doy… pero es extraño. Como si me introdujese en un nuevo mundo, mis percepciones cambian al instante. Me resulta tan familiar que casi puedo sentir como fluyo con mi alrededor. La luz es débil pero cálida. Las calles pasan a convertirse en callejones. Solo las puertas traseras indican que aún existe algún tipo de actividad. Cajas almacenadas en cada una de ellas, basuras arrojadas, trabajos desconocidos y mucho menos valorados, pero necesarios para el contínuo disfrute de las masas ajenas a la realidad. Siento mis latidos reforzados sincrónicamente con cada paso que doy.

Un nuevo callejón da comienzo. Normalmente es aquí donde se encuentran. Cada una de ellas esperan a la entrada de cada casa. Se insinúan, te cortejan, te convencen. Ese es su trabajo. Es fácil caer ante ellas, pero es difícil decidir ante cual. Pero hoy es diferente. Todo está vacío. Las luces iluminan las puertas, pero no hay nadie esperando en ellas. Avanzo por la calle intentando encontrar lo que busco, no pienso irme con las manos vacías, aunque para ser sinceros algo si que se va a vaciar a base de bien. De repente, una puerta a mi izquierda se abre. Una mujer sale a mi encuentro. Apenas se deja ver.

– Cielo, acércate aquí – me reclama casi susurrando. La situación me resulta extraña. Esto no suele funcionar así y mucho menos con tanta discreción. Me paro ante ella, pero no me decido a ir a su encuentro.

– Vamos, que no te voy a morder. Solo quiero hablar contigo – No he venido aquí para hablar – le respondo.
– Mi amor, ya lo se.

Se que algo está pasando. Aún así me dirijo hacia ella. Un aluvión de posibilidades pasan por mi cabeza. Estoy cansado de todo, empiezo comprender que nada tiene sentido para mi. Este pensamiento realmente me impacta haciéndome ver lo insignificante de mi vida en estos momentos. Tantas quejas de lo que me rodea, tan seco por la vampiresca debacle hacia la que nos hemos dejado llevar. Mi vida se ha convertido en eso, una gris y aburrida rutina sin fin.

– ¿Tienes fuego? – me pregunta.

Saco el encendedor de mi chaqueta mientras me aproximo sin apartar la vista de sus ojos. Una vez a su lado, percibo el temblor de sus manos mientras enciende el cigarro. Su semblante es otro ahora. Toda esa fachada de insinuación y autosuficiencia queda atrás como si nunca hubiese existido.

Su piel pálida resalta el color rojizo de sus cabellos y el carmín de sus labios no es más que una carta de presentación de lo que te esperaría en la antecámara de los placeres. Introduce su pierna entre las mías. Mi sexo reposa placenteramente sobre su muslo. Noto el calor queriendo abrirse paso hacia el exterior. Siento como mis demonios aullan al unísono. Agarrándose a mi chaqueta termina de unir su cuerpo al mío. Perlas de sudor se deslizan sobre su pecho introduciéndose en la densa oscuridad de sus tejidos, mostrándome así lo ya sabido, el camino hacia el olvido, el camino hacia el vacío, el placer de de lo primario y verdaderamente real.

– Tienes que ayudarnos – Me susurra apresuradamente. El terror que subyace tras esta llamada de auxilio me saca por completo de mis divagaciones hedonistas y un sudor frío recorre toda mi espina dorsal. Mis sentidos quieren alarmarme a toda costa, pero lo único que puedo hacer es permanecer inamovible, a la espera.

Quieren a los niños – comienza a balbucear mientras su voz se quiebra. – No podemos… – Un golpe seco a su espalda la interrumpe. Se gira hacia el interior e intenta cerrar la puerta como si no hablase con nadie. Puedo escuchar una voz masculina, pero no entiendo nada de lo que dice.

– Solo he salido a fumar. – intenta justificarse mientras el miedo la delata en cada una de sus palabras.

Su reacción de pánico me hace entender que debo desaparecer de la puerta inmediatamente. Y eso es lo que hago. Dejo de lado mi bravuconería existencialista y huyo cual perro hacia las sombras de la calle. Una vez en la distancia observo como la puerta se cierra definitivamente y las luces se apagan en el interior. Ahora la calle no es más que un agujero negro ausente de sonido, denso y fétido, neutro y extremo a la vez, equilibrado en dejadez y desidia, perdido en el destino de la ilusión. No entiendo lo que pasa, no debería ni tan siquiera pensar en ello, pero se que es aquí donde debo de estar. Ojos extraños acechan mi sombra. Con la calma de quien sabe lo que debe de hacer, me retiro. Salgo de la calle desandando lo andado. Todo acontece a mi alrededor en cámara lenta, pero esto no es más que mis pensamientos clarificados a la velocidad de la luz dando en el clavo con cada una de las futuras acciones que debo tomar. Todo está en su sitio, el único problema es que no se que lugar ocupa en mi. Aún siendo fiel poseedor de la verdad, desconozco lo que pueda pasar.

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Capítulo 4 – Encuentro

•enero 7, 2010 • 3 comentarios

Empiezas a cansarte de todo esto. Te levantas de la mesa y atraviesas el salón en dirección a la barra. Sientes la mirada desesperada de Max que con ojos suplicantes intenta retenerte mientras te alejas, pero le ignoras. En un gesto improvisado intenta levantarse de la mesa e ir tras de ti, pero la mano regordeta y ensortijada de su vecina de al lado le sujeta con fuerza, obligándole a seguir escuchando su conversación. Por el rabillo del ojo ves su cabeza derrotada sobre los restos de un pastel de merengue asintiendo con resignación al discurso de la señora. “Pobre Max”, piensas (sientes). Continúas tu camino fingiendo no haberle visto. Las dos horas de banquete han sido suficientes, ahora necesitas una copa. Estas aburrida y molesta. Querrías haber venido sola pero Max no te ha dejado. Últimamente está más paranoico que nunca, no te deja a solas en ningún momento y te ha hecho jurarle que no volverá a pasar lo de la otra vez.

Pobre Max.

Navegas entre las mesas con negligencia estudiada. Clavas los tacones en la moqueta, consciente de cada paso. La fuerza de cada pisada sube por tus tobillos, recorre tus piernas y se traduce en un casi imperceptible rebote de tus pechos. Te sientes asaetada por decenas de ojos que diseccionan cada detalle de ti, que tasan con pericia de usurero cuanto vales. Ceñida en tu vestido rojo te exhibes ante la masa anónima que forman los invitados en sus mesas. Una maraña de rostros sudorosos y abotargados por el alcohol y la excitación. La envidia y la malicia afilando las facciones de las mujeres, la lascivia en el mejor de los casos el de los hombres. Juguemos a un juego tú no sabes que contestar y te quedas en silencio mirando a aquel hombre que se agacha hasta dejar su cara a la altura de la tuya ya verás que divertido Llegas a la barra donde ya algunos invitados empiezan a pedir copas. En décimas de segundo un camarero te pregunta si puede hacer algo por ti. Sin apenas mirarle le pides un gin tonic. Sientes su mirada resbalando por tu escote mientras pone los hielos y el limón en un vaso de tuvo. Sirve la ginebra y la tónica y te entrega la copa y sus dedos sudorosos rozan tu mano. Logras contener la náusea que te invade dándole un largo trago a tu copa. Transparente, fría, perfecta. Cierras un instante los ojos mientras sientes como el líquido desciende por tu garganta, una voz te saca de tu abstracción. “Le estaba diciendo a mi amigo apuesto lo que sea a que la de rojo es la hermana de Max ¿a que es verdad? Si es que sois iguales como dos gotas de agua” sientes el aliento caliente del hombre huele ácido y giras la cabeza para intentar evitarlo qué pasa princesa no te diviertes. Sonríes al payaso que tienes delante “Sí claro soy la hermana de Max” El hombre continúa su perorata. Es un tipo ridículo de rostro lampiño y estúpida sonrisa perenne. Tiene la cara brillante y sus ojos de pupilas dilatadas te recorren de arriba abajo descaradamente. Lleva la camisa por fuera cubriendo un vientre prominente e informe. Piensas que podrías decorarle la camisa sin dificultad y aferras tu bolso. En este instante odias que Max haya venido contigo habría sido tan divertido. Tan fácil. A la espalda del gordo ves pasar a los novios. Odias las bodas. Te parece el acto de mayor hipocresía del mundo. Todos es mentira. Todo. Hijos de puta. El tipo continúa hablando pero tú ya no le escuchas. En un momento el ruido de su voz se te hace insoportable y sientes que estas apunto de chillar. Aprietas el bolso con fiereza hasta que los nudillos se te quedan blancos sin sangre. En un esfuerzo supremo miras al tipo y le dices con voz suave “Perdona ¿me disculpas? tengo que ir al servicio” Sin esperar su respuesta te marchas directa al lavabo a la mayor velocidad que tus tacones te permiten.

Sientes las miradas de nuevo. Los ojos siempre los ojos. Se los arrancarías a todos, uno a uno. No les sirven de nada. Ya en el lavabo te metes en el primer retrete y cierras la puerta. Te sientas en la taza sobre la tapa y cierras fuerte los ojos. Solo quieres desaparecer. No te diviertes princesa, ríe, ríe. Del otro lado de la puerta te llega el cotorreo histérico de las mujeres. Respiras profundo y abres tu bolso. Examinas con detenimiento su interior. Está todo. Eso te calma. Te bajas las bragas y orinas, te colocas el vestido y vuelves a respirar hondo cogiendo todo el aire del mundo como si fueras a sumergirte en una mar helado. Sales. Junto al espejo se arremolinan media docena de invitadas que se esmeran en retocar su maquillaje. Te miran de reojo y sientes su envidia, su asco, su miedo. Sales al salón dispuesta a beber hasta que ya no sepas quién eres. Estás a punto de chocar con dos hombres que charlan en la entrada. Uno parlotea sin cesar. Te cruzas con ellos y ves sus ojos vidriosos que te recorren con voracidad. Desvías la mirada y te fijas en el otro. Debe ser de tu misma edad. Parece incómodo con su traje azul marino, como si llevase un disfraz. Está ausente. El rostro contraído en una mueca que no sabes interpretar. Finges buscar a alguien y das un par de vueltas a su alrededor. Ves a Max junto a la barra. El tipo no te ha mirado ni una vez. No te lo puedes creer. Cuando estás a punto de interrumpir la conversación ves como se aleja ignorando a su amigo que se queda plantado con cara de decepción. Como un niño. Se dirige a la puerta y sale del local. Le sigues. Ya en la calle se detiene y enciende un cigarro. Hay mucho tráfico un río de coches cruza la ciudad a aquella hora de la noche. Te sientes estúpida plantada en la acera viendo como el tipo fuma. No se ha percatado de tu presencia. Estás a punto de volver adentro, de hecho no sabes por qué has salido. Es raro pero estás clavada allí, mirando a aquel tipo fumar. Le examinas con detenimiento y como una certeza sientes que solo hay dos personas que no encajan allí tú y él. Estás a punto de hablarle. De improviso se lanza a la calle y para un taxi. Ves como sube al coche y no dudas. Levantas el brazo y detienes el siguiente vehículo libre. Por favor siga a ese taxi le dices al conductor.

Tu bolso reposa junto a ti en la penumbra del coche.

Capítulo 3 – Lejanía cercana

•octubre 18, 2009 • 1 comentario

Lejania cercana

Apuro mi copa al máximo, ni tan siquiera una gota es digna de salvación. Estoy rodeado de personas con las que compartí gran parte de mi niñez. Hoy es un día muy especial para Carlos, es el día de su boda, el día en que reafirma su deseo de compartir su vida con la persona que hasta ahora ha estado a su lado, para lo bueno y para lo malo. Todo parece idílico, perfecto, todos comulgan en beneficio de su futuro, todos ven un camino de luz y felicidad, todos menos yo. No soy capaz de ver más allá de mi nariz, de mis intereses. Solo veo decadencia donde los demás ven posibilidades, solo veo oscuridad donde los demás ven luz. Si, lo sé, suena patético, pero la vida, después de tanto tiempo, me ha enseñado que las ilusiones existen para ser destrozadas. ¿Cuántos años han pasado desde la última vez? El brillo de mis ojos indicaba el estado de felicidad en el que me encontraba, pero ni tan siquiera era capaz de ser consciente de ello. Quizás Carlos y su recién esposa puedan o hayan sido lo suficientemente inteligentes para hacer una parada en el camino y observar sus pasos. Ser conscientes de los momentos que han vivido juntos, cada uno de ellos, pararse y sentir esa felicidad de la que muchos nunca hemos sido partícipes en nuestras propias vidas. ¿Por qué? ¿Por qué somos tan sumamente estúpidos? Lo siento, pero no tengo la respuesta.

¡Daniel! ¡Cuánto tiempo sin verte! – este efusivo saludo viene acompañado de un irritante golpe en la espalda – Deja que te vea bien – Es Gonzalo, otro antiguo compañero de clase. Me menea y zarandea para finalmente atraerme hacia él y darme un fuerte abrazo. Me dejo ir y lo recibo cordialmente – No has cambiado nada chico ¿Cuál es tu secreto?

¿Qué tal Gonzalo? Yo también me alegro de verte – le respondo.

Joder Dani, vaya sorpresa verte de nuevo…

No puedo evitar la pesadez de cada instante. Los minutos son soporíferas losas de tiempo que resisten a su avance. Quedo aislado de todo lo que me rodea. Los sonidos se apagan quedando el vacío de mi interior. Un silencio me cubre de manera dulce y apaciguadora. En frente tengo a Gonzalo que sigue hablándome. Veo su rostro gesticulando a la espera de una respuesta por mi parte. Todo parece ir a cámara lenta. Me aparto de él y comienzo a irme. Parece estar llamándome, sorprendido por mi falta de interés y el final abandono. Voy dejando la masa de gente a mi espalda. Todos siguen bebiendo, charlando y bailando, como si nada ocurriese… realmente así es, nada ocurre.

Mientras camino sin poder pensar en nada, me quito la corbata y abro el cuello de mi camisa. Por fin puedo respirar y el peso comienza a ser más leve. Me cruzo con algún compañero más por el camino, intentan hablarme, pero sigo ausente en mi andar. Mi indiferencia es la única respuesta que reciben y no parecen entenderlo por las caras que muestran a mi paso. Lo mejor de todo es que no me importa una mierda y cada paso es un lastre menos en mi haber.

Nunca he tenido problemas de sociabilización, pero últimamente no sé lo que me ocurre. Solo intento ser yo mismo, pese a quien le pese. En este nuevo camino estoy tan perdido como seguro, tan expuesto como oculto. Es un mar de dudas lo que me rodea, pero al mismo tiempo la certeza de algo que desconozco me da fuerzas para continuar. No sé muy bien lo que ocurre, pero he decidido dejarme ir y en algún lado en algún momento recalaré de la forma que sea. No quiero pensar más que en mí mismo, no quiero más máscaras, no quiero más responsabilidades que las mías propias. Todo esto puede resultar muy egoísta… y que coño, lo es.

Una vez fuera el único ruido que me acompaña es el del tráfico. Me enciendo un cigarro y me apoyo en la pared a la vez que cierro los ojos mientras expulso el humo de la primera calada. Siempre he pensado que el incesante ruido de los coches al pasar se parece al de las olas al romper en la costa. Me dejo ir con este símil sonoro y mi mente se traslada a aquellas noches de acampada en la playa. El sabor de la sal en tu piel, el olor del carbón, la música a todo volumen, alcohol y más alcohol. Lo pienso y me doy cuenta de que siempre me ha acompañado a lo largo de mi vida. Me refiero al alcohol y hoy no es menos. La borrachera me mantiene espeso y desafiante. Pienso en sexo y aunque realmente no me apetece me planteo buscar a alguien para saciarme. Al final no será más que una válvula de escape, una forma de vaciarme, de sentir que empiezo de cero… pero todo eso no es más que una burda mentira. Estoy cansado de mentirme, pero no puedo parar de hacerlo. Soy mi mejor víctima y mi peor enemigo y, a fin de cuentas, esto es lo que soy, la eterna contradicción segura cada una de la otra y recelosa de la contraria. En armonía convive la desunión.

Apago mi cigarro y cojo el primer taxi que veo.

Buenas noches señor – saluda el taxista nada más subirme – ¿A dónde le llevo?

No tengo que pensármelo mucho – Al centro.

Capítulo 2 – Despertar

•julio 23, 2009 • 2 comentarios

rojo

– ¿A que hora llegaste anoche?

La chica se desperezó en la cama y abrió unos milímetros los ojos, lo justo para vislumbrar la silueta de él, pero lo suficientemente poco para que los rayos oblicuos que entraban por la ventana no la deslumbrasen.

– No sé- dijo estirándose entre las sábanas – Estabas despierto ¿No?

El chico no contesto y permaneció de pie mirándola, como rumiando las palabras. Cuando parecía estar a punto de decir algo, ella le interrumpió.

-Anda, sé bueno, tráeme un vaso de agua

Él continuó inmóvil junto a la cama, la mirada detenida sobre la piel de su cuerpo que emergía como pequeñas islas entre los pliegues de las sábanas revueltas. Tras unos segundos habló:

– Tenías que haberte visto, estabas…

– Trae el agua, ya sé como estaba

– No me dijiste que fueras a salir- dijo el chico mientras se alejaba por el pasillo hasta la cocina

La chica se incorporó en la cama y sacudió la cabeza desmelenada. Permaneció unos instantes con los ojos entreabiertos explorando la habitación vacía, los párpados entornados para evitar que la luz los hiriese de lleno. Después lanzó un suspiro y se volvió a dejar caer sobre la almohada.

-Toma- dijo el chico meneándola suavemente con la rodilla- ¿Con quién saliste?

– Qué importa- dijo la chica bebiéndose de dos largos tragos el vaso de agua.

– Anda, levanta

-No- dijo ella agarrando las rodillas de él- Ven aquí

Él se sentó en el borde de la cama y ella inmediatamente enroscó su cuerpo entorno a él apoyando la cabeza en su muslo. En un acto instintivo él le acarició el pelo. La chica comenzó a ronronear suavemente. Él siguió acariciando su cabeza rubia, hasta que algo pareció paralizarle por dentro

– Entonces ¿Qué tal lo pasaste?

– Muy bien.

– ¿Dónde estuviste?- preguntó con ansiedad

– Vas a empezar, ya te he explicado que esto no funciona así- contestó con voz suave acurrucándose aún más sobre el regazo de él y cerrando los ojos.

Permanecieron unos minutos en silencio, él acariciándole los cabellos, ella emitiendo pequeños gemidos de placer. Pasado un rato ella detuvo su mano.

– Déjame. Me voy a la ducha – dijo incorporándose y salió de la habitación. Él la siguió hasta el baño.

– Tenía que haber salido contigo- Dijo a través de la puerta mientras miraba el vestido y la ropa interior amontonados en el suelo del pasillo.

– No paso nada -grito ella mientras abría el grifo

– ¿Quién ha dicho que pasase algo?

La chica no contestó, y por un rato solo se oyó el ruido del agua de la ducha. Él siguió con la mirada fija en el montón de ropa que permanecía arrugada en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta del baño. Un sudor frío le iba bañando el cuerpo, de repente se abalanzó sobre el montón de ropa. Una gran mancha roja brillaba en el crepe de seda blanco del vestido.

La chica salió del baño descalza y envuelta en una toalla. El chico estaba sentado en el borde de la cama con el vestido entre las manos:

– Otra vez lo has hecho ¿no?

El rostro de ella mutó. No contesto en seguida, sino que clavó sus ojos en él como si pudiese penetrarlo. Tras unos instantes pareció tomar una resolución:

– La próxima vez dejaré que me acompañes Max

Capítulo 1 – Equilibrio

•julio 15, 2009 • 2 comentarios

BS11017
Comienzo a tomar consciencia, pero aún así no termino de ubicarme muy bien. Supongo que, como es habitual, habré despertado en mi propia cama. Abro los ojos y lo primero que siento es ese desagradable sabor en la boca, seca, pegajosa, Me dirijo hacia la botella de agua, pero nada más moverme noto una presencia junto a mi. Enseguida lo recuerdo todo, sé como he llegado y lo que he hecho, por lo menos en las últimas horas, o eso creo. Me giro para comprobarlo y no me equivoco. Es ella. No sé porqué, pero al final la he traído a casa. Durante la noche me pareció la mejor opción, una idea maravillosa. Sexo fácil y divertido. Sin tapujos, sin cesuras, sin emociones. Hace un rato me pareció lo más caliente y lascivo y ahora no es más que un error del que quiero olvidarme. Solo deseo que desaparezca de mi lado, me repugna, pero más asco me doy yo mismo. Nunca es culpa de ellas, pero mi odio crece a la par que mi necesidad. ¡Dios, ni tan siquiera llego a comprenderme! Tantas preguntas y la misma respuesta para todas ellas. Aunque no quiera aceptarlo soy consciente, pero mi ego me impide reconocerlo. Esa es mi guerra, ese es mi enemigo.

Bebo agua en un intento desesperado por hidratarme. Parece funcionar, pero nada más depositar la botella en el suelo la misma sensación de sequedad me vuelve a poseer. Es justo en este instante de consciencia cuando ella se gira y me abraza rodeándeme con brazos y piernas. No puedo creerlo, un intenso vacío se apodera de mi y la ansiedad recorre todo mi ser.

Buenos días – estas son las primeras palabras que le oigo decir mientras se aprieta a mí sonriendo con los ojos cerrados. Esto me supera, solo quiero que desaparezca.

Buenos días – le respondo. Le acaricio el pelo y suavemente le aparto los brazos mientras me levanto desnudo. Ella ejerce presión e intenta retenerme en la cama mientras gime como una gata en celo.

Tengo que ir al baño – apuro a decirle mientras me deshago de ella.

No tardes – ya se ha incorporado y me observa sonriente aún en la penumbra. La miro y le sonrío mientras le mando un beso. Sé que es repugnante ser tan falso, soy el primero que reniega de ello, pero es lo que, de forma natural, mi educación me obliga a hacer para no quedar mal ante nadie. Siempre guardando la compostura, manteniéndome en un segundo plano, sin llamar la atención, dispuesto a dedicarle una sonrisa a aquel que se precie. No lo necesito, desde luego que no. Algo está mutando en mí, lo noto desde hace algún tiempo, y este tipo de sucesos fomentan aún más ese cambio. Se que un nuevo camino se abre ante mi, pero aún soy incapaz de averiguar como llegar a él. Tanto tiempo gritando, exigiendo, pidiendo, clamando al cielo por una nueva oportunidad. Ahora que he perdido toda esperanza, que me he abandonado a la oscuridad absoluta, es cuando noto que hay algo al otro lado. Casi puedo palparlo, olerlo, saborearlo, como si de una fruta madura se tratase… pero no puede ocurrir ¿o quizás si? Quizás esté ocurriendo ahora mismo. ¿Hay alguién ahí? Siempre me he preguntado esto mismo, día tras día, hora tras hora ¿hay alguien que, sin saberlo, espera mi llegada? ¿lo espero yo? Más bien creo que ando en su busca, pero eso, probablemente, solo exista en mi cabeza.

Intento orinar como puedo, pero tengo la polla dolorida. Me lavo la cara y compruebo como tengo un enorme chupetón en el cuello. Es asqueroso, ahora mismo está negro y estoy seguro que por lo menos en cuatro días me hará compañía allá donde vaya. Me miro a los ojos, no puedo dejar de observarlos, intento devorarme, ver lo que hay en mi interior. Es claro y absoluto, la densa oscuridad me posee, murmullos quejumbrosos, gemidos de placer siniestro y el odio hundiendo al amor, no dejándole respirar. Escupo a mi propio reflejo. Ya está, una vez más volvemos al punto de partida.

Vuelvo a entrar en el cuarto. Sin ni tan siquiera mirarla a la cara voy recogiendo la ropa y vistiéndome.

He de ir a casa de mis padres. He quedado para comer con ellos y llego tarde – puedo sentir como cambia su expresión. La decepción se hace presente y se da cuenta que no debía haberse dejado ir. Toda la esperanza que había depositado en mí para poder ser ella misma se ha volatizado en tan solo unos segundos.

¿Así, sin más? ¿No tienes nada más que decir? – está asombrada por mi reacción, incluso molesta podríamos llegar a decir. La sangre comienza a hervirme ¿Con qué derecho se cree para exigirme nada? ¿por qué tengo tan siquiera que responderle? ¿acaso debo dar alguna explicación? – Lo hemos pasado bien ¿no?

Desde luego que lo hemos pasado bien – le respondo – pero ahora tengo que salir, he quedado.

Te dejo mi teléfono ¿vale?

Bueno, seguro que nos vamos a volver a ver antes de que te llame – intento excusarme mientras le sonrío de la manera más dulce que puedo.

Indignada, sale de la cama tapándose con la sábana – Si, seguro, cuenta con ello – Recoge su ropa y se va al cuarto de baño.

Subo las persianas y la luz del día inunda la habitación. Está todo hecho un desastre. La cama deshecha, el suelo cubierto de distintas prendas y preservativos usados. La mesa del escritorio muestra un cenicero con un par de cigarros consumidos y dos latas de cervezas. Las cojo y ni tan siquiera están acabadas. Habían más ganas de follar que de beber. Este pensamiento ahora me parece imposible, pero estoy seguro que no será la última vez que lo tenga en una situación similar. Lo peor de todo, es que estas situaciones se repiten con una pasmosa asiduidad.

Cuando sale del baño parece más tranquila. Termina de recoger sus cosas – ¿Estás seguro que quieres que me vaya?

Tengo que ir a casa de mis padres, hace ya tiempo que no los veo

¿Me llamarás? – se aventura en un último intento. Noto como me prueba y atisbo su deseo, lo veo en sus ojos. Todo su ser me pide una señal, una prueba de cercanía. Pero esto no es más que lo que es, no quiero que vuelva a suceder, aunque se que que es muy probable que ocurra. Mi ego sin amor propio se servirá de quien sea para demostrarse que es capaz de conseguir lo que quiere, caiga quien caiga, sufra quien sufra.

Claro, ya te daré un toque para tomar algo – ella me mira, sabe que no es cierto. Se acerca y me besa. Cierra sus ojos e intenta que este momento dure en el tiempo, siento como desea guardarlo para siempre, porque sabe que no será más que eso, un recuerdo.

Me acaricia la cara mientras me dedica una dulce sonrisa. Todo su enfado parece haber dado paso a un estado de aceptación y comprensión. Incluso podría llegar a decir que siente pena por mi.  Sí, esa es justamente la sensación que me da y no me gusta nada en absoluto. Esto solo incrementa mi abandono, mi vacío, mi infierno particular.

Lo he pasado muy bien, de verdad. Que tengas buen día – estas palabras me las dedica con total sinceridad y alegría. Ahora puedo ver su luz. Podría ser un ángel, quien sabe, pero no el mío, de eso estoy seguro.

Espera, te acompaño – le digo mientra cojo la chaqueta, pero antes de que pueda hacer nada me detiene.

No, de veras, déjalo estar, no hace falta – su mirada es severa y clara. No admitirá que le lleve la contraria y de hecho, me parece lo mejor. Esto no es más que el punto y final de un capítulo en nuestra vidas en el cual hemos coincidido, no es más que eso. Ahora ella se marchará y pasaremos una nueva página.