Capítulo 4 – Encuentro

Empiezas a cansarte de todo esto. Te levantas de la mesa y atraviesas el salón en dirección a la barra. Sientes la mirada desesperada de Max que con ojos suplicantes intenta retenerte mientras te alejas, pero le ignoras. En un gesto improvisado intenta levantarse de la mesa e ir tras de ti, pero la mano regordeta y ensortijada de su vecina de al lado le sujeta con fuerza, obligándole a seguir escuchando su conversación. Por el rabillo del ojo ves su cabeza derrotada sobre los restos de un pastel de merengue asintiendo con resignación al discurso de la señora. “Pobre Max”, piensas (sientes). Continúas tu camino fingiendo no haberle visto. Las dos horas de banquete han sido suficientes, ahora necesitas una copa. Estas aburrida y molesta. Querrías haber venido sola pero Max no te ha dejado. Últimamente está más paranoico que nunca, no te deja a solas en ningún momento y te ha hecho jurarle que no volverá a pasar lo de la otra vez.

Pobre Max.

Navegas entre las mesas con negligencia estudiada. Clavas los tacones en la moqueta, consciente de cada paso. La fuerza de cada pisada sube por tus tobillos, recorre tus piernas y se traduce en un casi imperceptible rebote de tus pechos. Te sientes asaetada por decenas de ojos que diseccionan cada detalle de ti, que tasan con pericia de usurero cuanto vales. Ceñida en tu vestido rojo te exhibes ante la masa anónima que forman los invitados en sus mesas. Una maraña de rostros sudorosos y abotargados por el alcohol y la excitación. La envidia y la malicia afilando las facciones de las mujeres, la lascivia en el mejor de los casos el de los hombres. Juguemos a un juego tú no sabes que contestar y te quedas en silencio mirando a aquel hombre que se agacha hasta dejar su cara a la altura de la tuya ya verás que divertido Llegas a la barra donde ya algunos invitados empiezan a pedir copas. En décimas de segundo un camarero te pregunta si puede hacer algo por ti. Sin apenas mirarle le pides un gin tonic. Sientes su mirada resbalando por tu escote mientras pone los hielos y el limón en un vaso de tuvo. Sirve la ginebra y la tónica y te entrega la copa y sus dedos sudorosos rozan tu mano. Logras contener la náusea que te invade dándole un largo trago a tu copa. Transparente, fría, perfecta. Cierras un instante los ojos mientras sientes como el líquido desciende por tu garganta, una voz te saca de tu abstracción. “Le estaba diciendo a mi amigo apuesto lo que sea a que la de rojo es la hermana de Max ¿a que es verdad? Si es que sois iguales como dos gotas de agua” sientes el aliento caliente del hombre huele ácido y giras la cabeza para intentar evitarlo qué pasa princesa no te diviertes. Sonríes al payaso que tienes delante “Sí claro soy la hermana de Max” El hombre continúa su perorata. Es un tipo ridículo de rostro lampiño y estúpida sonrisa perenne. Tiene la cara brillante y sus ojos de pupilas dilatadas te recorren de arriba abajo descaradamente. Lleva la camisa por fuera cubriendo un vientre prominente e informe. Piensas que podrías decorarle la camisa sin dificultad y aferras tu bolso. En este instante odias que Max haya venido contigo habría sido tan divertido. Tan fácil. A la espalda del gordo ves pasar a los novios. Odias las bodas. Te parece el acto de mayor hipocresía del mundo. Todos es mentira. Todo. Hijos de puta. El tipo continúa hablando pero tú ya no le escuchas. En un momento el ruido de su voz se te hace insoportable y sientes que estas apunto de chillar. Aprietas el bolso con fiereza hasta que los nudillos se te quedan blancos sin sangre. En un esfuerzo supremo miras al tipo y le dices con voz suave “Perdona ¿me disculpas? tengo que ir al servicio” Sin esperar su respuesta te marchas directa al lavabo a la mayor velocidad que tus tacones te permiten.

Sientes las miradas de nuevo. Los ojos siempre los ojos. Se los arrancarías a todos, uno a uno. No les sirven de nada. Ya en el lavabo te metes en el primer retrete y cierras la puerta. Te sientas en la taza sobre la tapa y cierras fuerte los ojos. Solo quieres desaparecer. No te diviertes princesa, ríe, ríe. Del otro lado de la puerta te llega el cotorreo histérico de las mujeres. Respiras profundo y abres tu bolso. Examinas con detenimiento su interior. Está todo. Eso te calma. Te bajas las bragas y orinas, te colocas el vestido y vuelves a respirar hondo cogiendo todo el aire del mundo como si fueras a sumergirte en una mar helado. Sales. Junto al espejo se arremolinan media docena de invitadas que se esmeran en retocar su maquillaje. Te miran de reojo y sientes su envidia, su asco, su miedo. Sales al salón dispuesta a beber hasta que ya no sepas quién eres. Estás a punto de chocar con dos hombres que charlan en la entrada. Uno parlotea sin cesar. Te cruzas con ellos y ves sus ojos vidriosos que te recorren con voracidad. Desvías la mirada y te fijas en el otro. Debe ser de tu misma edad. Parece incómodo con su traje azul marino, como si llevase un disfraz. Está ausente. El rostro contraído en una mueca que no sabes interpretar. Finges buscar a alguien y das un par de vueltas a su alrededor. Ves a Max junto a la barra. El tipo no te ha mirado ni una vez. No te lo puedes creer. Cuando estás a punto de interrumpir la conversación ves como se aleja ignorando a su amigo que se queda plantado con cara de decepción. Como un niño. Se dirige a la puerta y sale del local. Le sigues. Ya en la calle se detiene y enciende un cigarro. Hay mucho tráfico un río de coches cruza la ciudad a aquella hora de la noche. Te sientes estúpida plantada en la acera viendo como el tipo fuma. No se ha percatado de tu presencia. Estás a punto de volver adentro, de hecho no sabes por qué has salido. Es raro pero estás clavada allí, mirando a aquel tipo fumar. Le examinas con detenimiento y como una certeza sientes que solo hay dos personas que no encajan allí tú y él. Estás a punto de hablarle. De improviso se lanza a la calle y para un taxi. Ves como sube al coche y no dudas. Levantas el brazo y detienes el siguiente vehículo libre. Por favor siga a ese taxi le dices al conductor.

Tu bolso reposa junto a ti en la penumbra del coche.

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~ por nulogic01 en enero 7, 2010.

3 comentarios to “Capítulo 4 – Encuentro”

  1. Por fin se ha producido el encuentro! Él viaja en ese taxi buscando una válvula de escape en forma de sexo rápido. Ella… simplemente le sigue, movida por su curiosidad y el deseo de huir. ¿A dónde les llevará este camino común? Aún tengo muchos cabos sueltos que irán resolviéndose. Espero vuestras letras para descrifrarlos. Abrazos!

  2. me gusta!

  3. La veces que he querido hacer algo así…bueno, no yo, la parte minúscula de mi cerebro que fantasea…”siga a ese coche”…suena a detectives, a escapes…siempre he querido verme en una situuación como esa.

    Quiero más.

    Besitos

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