
Apuro mi copa al máximo, ni tan siquiera una gota es digna de salvación. Estoy rodeado de personas con las que compartí gran parte de mi niñez. Hoy es un día muy especial para Carlos, es el día de su boda, el día en que reafirma su deseo de compartir su vida con la persona que hasta ahora ha estado a su lado, para lo bueno y para lo malo. Todo parece idílico, perfecto, todos comulgan en beneficio de su futuro, todos ven un camino de luz y felicidad, todos menos yo. No soy capaz de ver más allá de mi nariz, de mis intereses. Solo veo decadencia donde los demás ven posibilidades, solo veo oscuridad donde los demás ven luz. Si, lo sé, suena patético, pero la vida, después de tanto tiempo, me ha enseñado que las ilusiones existen para ser destrozadas. ¿Cuántos años han pasado desde la última vez? El brillo de mis ojos indicaba el estado de felicidad en el que me encontraba, pero ni tan siquiera era capaz de ser consciente de ello. Quizás Carlos y su recién esposa puedan o hayan sido lo suficientemente inteligentes para hacer una parada en el camino y observar sus pasos. Ser conscientes de los momentos que han vivido juntos, cada uno de ellos, pararse y sentir esa felicidad de la que muchos nunca hemos sido partícipes en nuestras propias vidas. ¿Por qué? ¿Por qué somos tan sumamente estúpidos? Lo siento, pero no tengo la respuesta.
¡Daniel! ¡Cuánto tiempo sin verte! – este efusivo saludo viene acompañado de un irritante golpe en la espalda – Deja que te vea bien – Es Gonzalo, otro antiguo compañero de clase. Me menea y zarandea para finalmente atraerme hacia él y darme un fuerte abrazo. Me dejo ir y lo recibo cordialmente – No has cambiado nada chico ¿Cuál es tu secreto?
¿Qué tal Gonzalo? Yo también me alegro de verte – le respondo.
Joder Dani, vaya sorpresa verte de nuevo…
No puedo evitar la pesadez de cada instante. Los minutos son soporíferas losas de tiempo que resisten a su avance. Quedo aislado de todo lo que me rodea. Los sonidos se apagan quedando el vacío de mi interior. Un silencio me cubre de manera dulce y apaciguadora. En frente tengo a Gonzalo que sigue hablándome. Veo su rostro gesticulando a la espera de una respuesta por mi parte. Todo parece ir a cámara lenta. Me aparto de él y comienzo a irme. Parece estar llamándome, sorprendido por mi falta de interés y el final abandono. Voy dejando la masa de gente a mi espalda. Todos siguen bebiendo, charlando y bailando, como si nada ocurriese… realmente así es, nada ocurre.
Mientras camino sin poder pensar en nada, me quito la corbata y abro el cuello de mi camisa. Por fin puedo respirar y el peso comienza a ser más leve. Me cruzo con algún compañero más por el camino, intentan hablarme, pero sigo ausente en mi andar. Mi indiferencia es la única respuesta que reciben y no parecen entenderlo por las caras que muestran a mi paso. Lo mejor de todo es que no me importa una mierda y cada paso es un lastre menos en mi haber.
Nunca he tenido problemas de sociabilización, pero últimamente no sé lo que me ocurre. Solo intento ser yo mismo, pese a quien le pese. En este nuevo camino estoy tan perdido como seguro, tan expuesto como oculto. Es un mar de dudas lo que me rodea, pero al mismo tiempo la certeza de algo que desconozco me da fuerzas para continuar. No sé muy bien lo que ocurre, pero he decidido dejarme ir y en algún lado en algún momento recalaré de la forma que sea. No quiero pensar más que en mí mismo, no quiero más máscaras, no quiero más responsabilidades que las mías propias. Todo esto puede resultar muy egoísta… y que coño, lo es.
Una vez fuera el único ruido que me acompaña es el del tráfico. Me enciendo un cigarro y me apoyo en la pared a la vez que cierro los ojos mientras expulso el humo de la primera calada. Siempre he pensado que el incesante ruido de los coches al pasar se parece al de las olas al romper en la costa. Me dejo ir con este símil sonoro y mi mente se traslada a aquellas noches de acampada en la playa. El sabor de la sal en tu piel, el olor del carbón, la música a todo volumen, alcohol y más alcohol. Lo pienso y me doy cuenta de que siempre me ha acompañado a lo largo de mi vida. Me refiero al alcohol y hoy no es menos. La borrachera me mantiene espeso y desafiante. Pienso en sexo y aunque realmente no me apetece me planteo buscar a alguien para saciarme. Al final no será más que una válvula de escape, una forma de vaciarme, de sentir que empiezo de cero… pero todo eso no es más que una burda mentira. Estoy cansado de mentirme, pero no puedo parar de hacerlo. Soy mi mejor víctima y mi peor enemigo y, a fin de cuentas, esto es lo que soy, la eterna contradicción segura cada una de la otra y recelosa de la contraria. En armonía convive la desunión.
Apago mi cigarro y cojo el primer taxi que veo.
Buenas noches señor – saluda el taxista nada más subirme – ¿A dónde le llevo?
No tengo que pensármelo mucho – Al centro.


