Capítulo 3 – Lejanía cercana

•Octubre 18, 2009 • 1 comentario

Lejania cercana

Apuro mi copa al máximo, ni tan siquiera una gota es digna de salvación. Estoy rodeado de personas con las que compartí gran parte de mi niñez. Hoy es un día muy especial para Carlos, es el día de su boda, el día en que reafirma su deseo de compartir su vida con la persona que hasta ahora ha estado a su lado, para lo bueno y para lo malo. Todo parece idílico, perfecto, todos comulgan en beneficio de su futuro, todos ven un camino de luz y felicidad, todos menos yo. No soy capaz de ver más allá de mi nariz, de mis intereses. Solo veo decadencia donde los demás ven posibilidades, solo veo oscuridad donde los demás ven luz. Si, lo sé, suena patético, pero la vida, después de tanto tiempo, me ha enseñado que las ilusiones existen para ser destrozadas. ¿Cuántos años han pasado desde la última vez? El brillo de mis ojos indicaba el estado de felicidad en el que me encontraba, pero ni tan siquiera era capaz de ser consciente de ello. Quizás Carlos y su recién esposa puedan o hayan sido lo suficientemente inteligentes para hacer una parada en el camino y observar sus pasos. Ser conscientes de los momentos que han vivido juntos, cada uno de ellos, pararse y sentir esa felicidad de la que muchos nunca hemos sido partícipes en nuestras propias vidas. ¿Por qué? ¿Por qué somos tan sumamente estúpidos? Lo siento, pero no tengo la respuesta.

¡Daniel! ¡Cuánto tiempo sin verte! – este efusivo saludo viene acompañado de un irritante golpe en la espalda – Deja que te vea bien – Es Gonzalo, otro antiguo compañero de clase. Me menea y zarandea para finalmente atraerme hacia él y darme un fuerte abrazo. Me dejo ir y lo recibo cordialmente – No has cambiado nada chico ¿Cuál es tu secreto?

¿Qué tal Gonzalo? Yo también me alegro de verte – le respondo.

Joder Dani, vaya sorpresa verte de nuevo…

No puedo evitar la pesadez de cada instante. Los minutos son soporíferas losas de tiempo que resisten a su avance. Quedo aislado de todo lo que me rodea. Los sonidos se apagan quedando el vacío de mi interior. Un silencio me cubre de manera dulce y apaciguadora. En frente tengo a Gonzalo que sigue hablándome. Veo su rostro gesticulando a la espera de una respuesta por mi parte. Todo parece ir a cámara lenta. Me aparto de él y comienzo a irme. Parece estar llamándome, sorprendido por mi falta de interés y el final abandono. Voy dejando la masa de gente a mi espalda. Todos siguen bebiendo, charlando y bailando, como si nada ocurriese… realmente así es, nada ocurre.

Mientras camino sin poder pensar en nada, me quito la corbata y abro el cuello de mi camisa. Por fin puedo respirar y el peso comienza a ser más leve. Me cruzo con algún compañero más por el camino, intentan hablarme, pero sigo ausente en mi andar. Mi indiferencia es la única respuesta que reciben y no parecen entenderlo por las caras que muestran a mi paso. Lo mejor de todo es que no me importa una mierda y cada paso es un lastre menos en mi haber.

Nunca he tenido problemas de sociabilización, pero últimamente no sé lo que me ocurre. Solo intento ser yo mismo, pese a quien le pese. En este nuevo camino estoy tan perdido como seguro, tan expuesto como oculto. Es un mar de dudas lo que me rodea, pero al mismo tiempo la certeza de algo que desconozco me da fuerzas para continuar. No sé muy bien lo que ocurre, pero he decidido dejarme ir y en algún lado en algún momento recalaré de la forma que sea. No quiero pensar más que en mí mismo, no quiero más máscaras, no quiero más responsabilidades que las mías propias. Todo esto puede resultar muy egoísta… y que coño, lo es.

Una vez fuera el único ruido que me acompaña es el del tráfico. Me enciendo un cigarro y me apoyo en la pared a la vez que cierro los ojos mientras expulso el humo de la primera calada. Siempre he pensado que el incesante ruido de los coches al pasar se parece al de las olas al romper en la costa. Me dejo ir con este símil sonoro y mi mente se traslada a aquellas noches de acampada en la playa. El sabor de la sal en tu piel, el olor del carbón, la música a todo volumen, alcohol y más alcohol. Lo pienso y me doy cuenta de que siempre me ha acompañado a lo largo de mi vida. Me refiero al alcohol y hoy no es menos. La borrachera me mantiene espeso y desafiante. Pienso en sexo y aunque realmente no me apetece me planteo buscar a alguien para saciarme. Al final no será más que una válvula de escape, una forma de vaciarme, de sentir que empiezo de cero… pero todo eso no es más que una burda mentira. Estoy cansado de mentirme, pero no puedo parar de hacerlo. Soy mi mejor víctima y mi peor enemigo y, a fin de cuentas, esto es lo que soy, la eterna contradicción segura cada una de la otra y recelosa de la contraria. En armonía convive la desunión.

Apago mi cigarro y cojo el primer taxi que veo.

Buenas noches señor – saluda el taxista nada más subirme – ¿A dónde le llevo?

No tengo que pensármelo mucho – Al centro.

Capítulo 2 – Despertar

•Julio 23, 2009 • 2 comentarios

rojo

- ¿A que hora llegaste anoche?

La chica se desperezó en la cama y abrió unos milímetros los ojos, lo justo para vislumbrar la silueta de él, pero lo suficientemente poco para que los rayos oblicuos que entraban por la ventana no la deslumbrasen.

- No sé- dijo estirándose entre las sábanas – Estabas despierto ¿No?

El chico no contesto y permaneció de pie mirándola, como rumiando las palabras. Cuando parecía estar a punto de decir algo, ella le interrumpió.

-Anda, sé bueno, tráeme un vaso de agua

Él continuó inmóvil junto a la cama, la mirada detenida sobre la piel de su cuerpo que emergía como pequeñas islas entre los pliegues de las sábanas revueltas. Tras unos segundos habló:

- Tenías que haberte visto, estabas…

- Trae el agua, ya sé como estaba

- No me dijiste que fueras a salir- dijo el chico mientras se alejaba por el pasillo hasta la cocina

La chica se incorporó en la cama y sacudió la cabeza desmelenada. Permaneció unos instantes con los ojos entreabiertos explorando la habitación vacía, los párpados entornados para evitar que la luz los hiriese de lleno. Después lanzó un suspiro y se volvió a dejar caer sobre la almohada.

-Toma- dijo el chico meneándola suavemente con la rodilla- ¿Con quién saliste?

- Qué importa- dijo la chica bebiéndose de dos largos tragos el vaso de agua.

- Anda, levanta

-No- dijo ella agarrando las rodillas de él- Ven aquí

Él se sentó en el borde de la cama y ella inmediatamente enroscó su cuerpo entorno a él apoyando la cabeza en su muslo. En un acto instintivo él le acarició el pelo. La chica comenzó a ronronear suavemente. Él siguió acariciando su cabeza rubia, hasta que algo pareció paralizarle por dentro

- Entonces ¿Qué tal lo pasaste?

- Muy bien.

- ¿Dónde estuviste?- preguntó con ansiedad

- Vas a empezar, ya te he explicado que esto no funciona así- contestó con voz suave acurrucándose aún más sobre el regazo de él y cerrando los ojos.

Permanecieron unos minutos en silencio, él acariciándole los cabellos, ella emitiendo pequeños gemidos de placer. Pasado un rato ella detuvo su mano.

- Déjame. Me voy a la ducha – dijo incorporándose y salió de la habitación. Él la siguió hasta el baño.

- Tenía que haber salido contigo- Dijo a través de la puerta mientras miraba el vestido y la ropa interior amontonados en el suelo del pasillo.

- No paso nada -grito ella mientras abría el grifo

- ¿Quién ha dicho que pasase algo?

La chica no contestó, y por un rato solo se oyó el ruido del agua de la ducha. Él siguió con la mirada fija en el montón de ropa que permanecía arrugada en el suelo, con la espalda apoyada en la puerta del baño. Un sudor frío le iba bañando el cuerpo, de repente se abalanzó sobre el montón de ropa. Una gran mancha roja brillaba en el crepe de seda blanco del vestido.

La chica salió del baño descalza y envuelta en una toalla. El chico estaba sentado en el borde de la cama con el vestido entre las manos:

- Otra vez lo has hecho ¿no?

El rostro de ella mutó. No contesto en seguida, sino que clavó sus ojos en él como si pudiese penetrarlo. Tras unos instantes pareció tomar una resolución:

- La próxima vez dejaré que me acompañes

Capítulo 1 – Equilibrio

•Julio 15, 2009 • 2 comentarios

BS11017
Comienzo a tomar consciencia, pero aún así no termino de ubicarme muy bien. Supongo que, como es habitual, habré despertado en mi propia cama. Abro los ojos y lo primero que siento es ese desagradable sabor en la boca, seca, pegajosa, Me dirijo hacia la botella de agua, pero nada más moverme noto una presencia junto a mi. Enseguida lo recuerdo todo, se como he llegado y lo que he hecho, por lo menos en las últimas horas, o eso creo. Me giro para comprobarlo y no me equivoco. Es ella. No se porqué, pero al final la he traído a casa. Durante la noche me pareció la mejor opción, una idea maravillosa. Sexo fácil y divertido. Sin tapujos, sin cesuras, sin emociones. Hace un rato me pareció lo más caliente y lascivo y ahora no es más que un error del que quiero olvidarme. Solo deseo que desaparezca de mi lado, me repugna, pero más asco me doy yo mismo. Nunca es culpa de ellas, pero mi odio crece a la par que mi necesidad. ¡Dios, ni tan siquiera llego a comprenderme! Tantas preguntas y la misma respuesta para todas ellas. Aunque no quiera aceptarlo soy consciente, pero mi ego me impide reconocerlo. Esa es mi guerra, ese es mi enemigo.

Bebo agua en un intento desesperado por hidratarme. Parece funcionar, pero nada más depositar la botella en el suelo la misma sensación de sequedad me vuelve a poseer. Es justo en este instante de consciencia cuando ella se gira y me abraza rodeándeme con brazos y piernas. No puedo creerlo, un intenso vacío se apodera de mi y la ansiedad recorre todo mi ser.

Buenos días – estas son las primeras palabras que le oigo decir mientras se apreta a mi sonriendo con los ojos cerrados. Esto me supera, solo quiero que desaparezca.

Buenos días – le respondo. Le acaricio el pelo y suavemente le aparto los brazos mientras me levanto desnudo. Ella ejerce presión e intenta retenerme en la cama mientras gime como una gata en celo.

Tengo que ir al baño – apuro a decirle mientras me deshago de ella.

No tardes – ya se ha reincorporado y me observa sonriente aún en la penumbra. La miro y le sonrío mientras le mando un beso. Se que es repugnante ser tan falso, soy el primero que reniega de ello, pero es lo que, de forma natural, mi educación me obliga a hacer para no quedar mal ante nadie. Siempre guardando la compostura, manteniéndome en un segundo plano, sin llamar la atención, dispuesto a dedicarle una sonrisa a aquel que se precie. No lo necesito, desde luego que no. Algo está mutando en mi, lo noto desde hace algún tiempo, y este tipo de sucesos fomentan aún más ese cambio. Se que un nuevo camino se abre a mi, pero aún soy incapaza de averiguar como llegar a él. Tanto tiempo gritando, exigiendo, pidiendo, clamando al cielo por una nueva oportunidad. Ahora que he perdido toda esperanza, que me he abandonado a la oscuridad absoluta, es cuando noto que hay algo al otro lado. Casi puedo palparlo, olerlo, saborearlo, como si de una fruta madura se tratase… pero no puede ocurrir ¿o quizás si? Quizás esté ocurriendo ahora mismo. ¿Hay alguién ahí? Siempre me he preguntado esto mismo, día tras día, hora tras hora ¿hay alguien que, sin saberlo, espera mi llegada? ¿lo espero yo? Más bien creo que ando en su busca, pero eso, probablemente, solo exista en mi cabeza.

Intento orinar como puedo, pero tengo la poya dolorida. Me lavo la cara y compruebo como tengo un enorme chupetón en el cuello. Es asqueroso, ahora mismo está negro y estoy seguro que por lo menos en cuatro días me hará compañía allá donde vaya. Me miro a los ojos, no puedo dejar de observarlos, intento devorarme, ver lo que hay en mi interior. Es claro y absoluto, la densa oscuridad me posee, murmullos quejumbrosos, gemidos de placer siniestro y el odio hundiendo al amor, no dejándole respirar. Escupo a mi propio reflejo. Ya está, una vez más volvemos al punto de partida.

Vuelvo a entrar en el cuarto. Sin ni tan siquiera mirarla a la cara voy recogiendo la ropa y vistiéndome.

He de ir a casa de mis padres. He quedado para comer con ellos y llego tarde – puedo sentir como cambia su expresión. La decepción se hace presente y se da cuenta que no debía haberse dejado ir. Toda la esperanza que había depositado en mi para poder ser ella misma se ha volatizado en tan solo unos segundos.

¿Así, sin más? ¿No tienes nada más que decir? – está asombrada por mi reacción, incluso molesta podríamos llegar a decir. La sangre comienza a hervirme ¿Con que derecho se cree para exigirme nada? ¿por que tengo tan siquiera que responderle? ¿acaso debo dar alguna explicación? – Lo hemos pasado bien ¿no?

Desde luego que lo hemos pasado bien – le respondo – pero ahora tengo que salir, he quedado.

Te dejo mi teléfono ¿vale?

Bueno, seguro que nos vamos a volver a ver antes de que te llame – intento excusarme mientras le sonrío de la manera más dulce que puedo.

Indignada, sale de la cama tapándose con la sábana – Si, seguro, cuenta con ello – Recoge su ropa y se va al cuarto de baño.

Subo las persianas y la luz del día inunda la habitación. Está todo echo un desastre. La cama deshecha, el suelo cubierto de distintas prendas y preservativos usados. La mesa del escritorio muestra un cenicero con un par de cigarros consumidos y dos latas de cervezas. Las cojo y ni tan siquiera están acabadas. Habían más ganas de follar que de beber. Este pensamiento ahora me parece imposible, pero estoy seguro que no será la última vez que lo tenga en una situación similar. Lo peor de todo, es que estas situaciones se repiten con una pasmosa asiduidad.

Cuando sale del baño parece más tranquila. Termina de recoger sus cosas – ¿Estás seguro que quieres que me vaya?

Tengo que ir a casa de mis padres, hace ya tiempo que no los veo

¿Me llamarás? – se aventura en un último intento. Noto como me prueba y atisbo su deseo, lo veo en sus ojos. Todo su ser me pide una señal, una prueba de cercanía. Pero esto no es más que lo que es, no quiero que vuelva a suceder, aunque se que que es muy probable que ocurra. Mi ego sin amor propio se servirá de quien sea para demostrarse que es capaz de conseguir lo que quiere, caiga quien caiga, sufra quien sufra.

Claro, ya te daré un toque para tomar algo – ella me mira, sabe que no es cierto. Se acerca y me besa. Cierra sus ojos e intenta que este momento dure en el tiempo, siento como desea guardarlo para siempre, porque sabe que no será más que eso, un recuerdo.

Me acaricia la cara mientras me dedica una dulce sonrisa. Todo su enfado parece haber dado paso a un estado de aceptación y comprensión. Incluso podría llegar a decir que siente pena por mi. Si, esa es justamente la sensación que me da y no me gusta nada en absoluto. Esto solo incrementa mi abandono, mi vacío, mi infierno particular.

Lo he pasado muy bien, de verdad. Que tengas buen día – estas palabras me las dedica con total sinceridad y alegría. Ahora puedo ver su luz. Podría ser un ángel, quien sabe, pero no el mío, de eso estoy seguro.

Espera, te acompaño – le digo mientra cojo la chaqueta, pero antes de que pueda hacer nada me detiene.

No, de veras, déjalo estar, no hace falta – su mirada es severa y clara. No admitirá que le lleve la contraria y de hecho, me parece lo mejor. Esto no es más que el punto y final de un capítulo en nuestra vidas en el cual hemos coincidido, no es más que eso. Ahora ella se marchará y pasaremos una nueva página.